Desde el momento histórico que se descubrió la forma de generar electricidad de forma masiva, se sucedieron una serie de descubrimientos científicos que conllevaron a la invención de un sinfín de aplicaciones prácticas de la electricidad y la fabricación masiva de muchos instrumentos y máquinas diferentes que funcionan mediante la electricidad que reciben de las redes eléctricas a las cuales se conectan con los instrumentos de control eléctrico apropiados en cada caso.
La comprensión final de la electricidad se logró recién con su unificación con el magnetismo en un único
fenómeno electromagnético descripto por las
ecuaciones de Maxwell (
1861-
1865). Su desarrollo y utilización masiva da una idea clara de las ventajas del uso la electricidad como forma de energía. Siendo su principal ventaja, lo fácil y económico que resulta su transporte, pudiendo, mediante conducciones eléctricas (cables), llevar energía a cualquier lugar, para finalmente ser transformada en energía utilizable (luz, calor, movimiento, etc.) Actualmente, (2008) la energía eléctrica se utiliza para fabricar los objetos que utilizamos, y está presente en todo tipo de actividad que podamos imaginar.
Las primeras aportaciones que se realizan sobre la electricidad que pueden entenderse como aproximaciones sucesivas al fenómeno eléctrico fueron realizadas por investigadores sistemáticos como
William Gilbert,
Otto von Guericke,
Du Fay,
Pieter van Musschenbroek (
botella de Leyden) o
William Watson. Las observaciones sometidas a método científico empiezan a dar sus frutos con
Luigi Galvani,
Alessandro Volta,
Charles-Augustin de Coulomb o
Benjamin Franklin, proseguidas a comienzos del siglo XIX por
André-Marie Ampère,
Michael Faraday o
Georg Ohm. Los nombres de estos pioneros terminaron bautizando las unidades hoy utilizadas en la medida de las distintas magnitudes del fenómeno.
El
telégrafo eléctrico (
Samuel Morse,
1833, precedido por
Gauss y
Weber,
1822) puede considerarse como la primera gran aplicación en el campo de las
telecomunicaciones, pero no será en la
primera revolución industrial, sino a partir del cuarto final del
siglo XIX que las aplicaciones económicas de la electricidad la convertirán en una de las fuerzas motrices de la
segunda revolución industrial. Más que de grandes teóricos como
Lord Kelvin, fue el momento de ingenieros, como
Zénobe Gramme,
Nikola Tesla,
Frank Sprague,
George Westinghouse,
Ernst Werner von Siemens,
Alexander Graham Bell y sobre todo
Thomas Alva Edison y su revolucionaria manera de entender la relación entre
investigación científico-técnica y
mercado capitalista.
La
electrificación no sólo fue un proceso técnico, sino un verdadero cambio social de implicaciones extraordinarias, comenzando por el
alumbrado y siguiendo por todo tipo de procesos industriales (
motor eléctrico,
metalurgia,
refrigeración...) y de comunicaciones (
telefonía,
radio). Pero fue sobre todo la
sociedad de consumo que se creó en los países capitalistas la que dependió en mayor medida de la utilización doméstica de la electricidad en los
electrodomésticos, y fue en estos países donde la retroalimentación entre ciencia, tecnología y sociedad desarrolló las complejas estructuras que permitieron los actuales sisemas de
I+D e
I+D+I, en que la iniciativa pública y privada se interpenetran, y las figuras individuales se difuminan en los equipos de investigación.
La energía eléctrica es esencial para la
sociedad de la información de la
tercera revolución industrial que se viene produciendo desde la segunda mitad del siglo XX (
transistor,
televisión,
computación,
robótica,
internet...). Únicamente puede comparársele en importancia la
motorización dependiente del
petróleo (que también es ampliamente utilizado, como los demás
combustibles fósiles, en la generación de electricidad). Ambos procesos exigieron cantidades cada vez mayores de energía, lo que está en el origen de la
crisis energética y
medioambiental y de la búsqueda de nuevas
fuentes de energía, la mayoría con inmediata utilización eléctrica (
energía nuclear y
energías alternativas, dadas las limitaciones de la tradicional
hidroelectricidad). Los problemas que tiene la electricidad para su almacenamiento y transporte a largas distancias, y para la autonomía de los aparatos móviles, son retos técnicos aún no resueltos de forma suficientemente eficaz.
El impacto cultural de lo que
Marshall McLuhan denominó
Edad de la Electricidad, que seguiría a la
Edad de la Mecanización (por comparación a cómo la
Edad de los Metales siguió a la
Edad de Piedra), radica en la
velocidad instantánea de la electricidad, que conlleva posibilidades antes inimaginables, como la
simultaneidad y la división de cada
proceso en una
secuencia. Se impuso un cambio cultural que provenía del enfoque en "segmentos especializados de atención" (la adopción de una perspectiva particular) y la idea de la "conciencia sensitiva instantánea de la totalidad", una atención al "campo total", un "sentido de la estructura total". Se hizo evidente y prevalente el sentido de "forma y función como una unidad", una "idea integral de la estructura y configuración". Estas nuevas concepciones mentales tuvieron gran impacto en todo tipo de ámbitos científicos, educativos e incluso artísticos (por ejemplo, el
cubismo). En el ámbito de lo espacial y político, "la electricidad no centraliza, sino que descentraliza... mientras que el ferrocarril requiere un espacio político uniforme, el avión y la radio permiten la mayor discontinuidad y diversidad en la organización espacial".
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